Fundaciones11/02/2021

En la Jornada Mundial del Enfermo

Es nuestra meta procurar que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado.

El 13 de mayo de 1992 el papa Juan Pablo II instituyó el 11 de febrero como día para la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo. Desde entonces, las entidades de la Iglesia que nos ocupamos de atender a las personas enfermas y excluidas, debemos hacer un alto en el camino para reforzar nuestros valores y para recordarnos la importancia del servicio que prestamos, así como nuestro valor como personas y como profesionales.

La Fundación San Antonio de Benagéber siempre ha trabajado desde este prisma y con esta idea de servicio. Se constituyó en el año 1983 precisamente para atender, desde su Residencia de Mayores, a la marginación social y a las personas que la sufren, de acuerdo con los valores del Cristianismo. Por ello, la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo es para nosotros una ratificación de intenciones, pero también de obras. Como señala el papa Francisco, debemos huir de la hipocresía y de la autocomplacencia, cumpliendo en todo momento y con humildad el servicio y la tarea encomendada, pero al mismo tiempo con toda la exigencia personal y profesional posible. Y esto es así porque nuestros planteamientos deben venir unidos necesariamente de nuestras obras, porque la persona necesitada, excluida, la enferma, nos lo pide todo, y nuestra respuesta no puede ser limitada, falsa o egoísta.

La crisis sanitaria y social que estamos viviendo debido a la pandemia de la COVID-19 ha hecho aflorar todos los problemas y limitaciones de las coberturas social y sanitaria, que como siempre, se han ensañado con las más enfermas y necesitadas. Ante esta situación, las entidades sociales del Tercer Sector vinculadas a la Iglesia hemos tenido que hacer un sobreesfuerzo, en todos los ámbitos: organizacional, técnico, económico y humano.

La celebración de la Jornada Mundial del Enfermo nos recuerda la inmensa oportunidad que tenemos para aprovechar este momento de crisis para transformar nuestras organizaciones, nuestros métodos de trabajo e incluso nuestras actitudes, para dar más y para hacerlo mejor. Para centrarnos de verdad en la persona enferma que sufre, para atender su dolencia física, psicológica y espiritual y para que cada uno de nosotros ponga en marcha de manera honesta y total el valor de servir. Tal y como nos indica el papa Francisco: «Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los agentes sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes».

Es nuestra meta caminar hacia este objetivo, acompañando a la persona enferma en el crecimiento mutuo y procurando que nadie se quede solo, que nadie se sienta excluido ni abandonado.