Agentes de Cáritas23/01/2023

Marisol Gandia: «El día que no pueda subir la escalera, seguiré de corazón, pero me gustaría estar en Cáritas hasta el final»

Marisol lleva treinta y seis años en su Cáritas parroquial y recibió un reconocimiento el pasado Día del Voluntariado.

Dice Marisol, a sus noventa y un años, que es una mujer feliz. Y es que jamás le ha faltado la compañía de Dios al que ha estado muy unida desde que tiene uso de razón y afirma, también, que hay un cuidado especial de Dios para las viudas. Bien lo sabe ella.

Se quedó viuda con treinta y tres años, un día de Nochebuena, con siete hijos, pequeñísimos todos. La más pequeña, Rocío, de dos meses y medio. Supusieron su total dedicación. Hicieron, como ella expresa, piña con sus padres y tuvieron que espabilar. Fueron diez años terribles pero Dios estuvo ahí, sin fallarle.

Recuerda Marisol que ya en el colegio, con una educación muy estricta, les recordaban mucho la parábola de los talentos. Les decían que las preparaban para ser mujeres del día de mañana, que en el lugar en que la vida las colocara, que supieran dar muestra de lo que habían recibido. Esa parábola es la que la ha llevado hasta Cáritas, el mejor lugar para devolver parte de lo que Dios le ha dado.   

«Siempre he ayudado en la Iglesia, siempre he sentido esa inquietud. Cuando me casé y empecé a tener hijos, ellos fueron mi gran responsabilidad y ocupaban todo mi tiempo», ha añadido.

Cuando los chicos crecieron y ya la necesitaban menos entró a formar parte de Cáritas parroquial de Santa Ana en València y poco después asumió el compromiso como directora, responsabilidad que ahora ocupa Pepa López. Lleva allí unos treinta y seis años ininterrumpidamente.  

Esa trayectoria obtuvo reconocimiento el Día del Voluntariado, el pasado 5 de diciembre, en el que Cáritas Diocesana quiso agradecer de una manera muy especial la dilatada entrega de nuestros voluntarios y voluntarias de más edad.     

«Cuando llegó la pandemia sí que tuvimos que interrumpir la asistencia presencial por causas mayores pero tengo que decir, en honor a Cáritas de Santa Ana, que no cerramos en ningún momento. Tanto la directora, Pepa, como Agustín, el tesorero, se las arreglaron de manera que mediante el teléfono y los ascensores, subiendo y bajando alimentos, vales de alimentación y otros pagos, atendimos a todo el mundo. No se cortó para nada la ayuda. Quiero recalcar que el párroco, D. Luis y su ayudante, D. Noé, nos dan todo el apoyo posible. ¡Hasta dicen que lo que mejor funciona en su parroquia es Cáritas y el coro!».

En su larga experiencia en la caridad Marisol piensa que los tiempos de ahora traen una nueva pobreza muy triste y es que personas de su barrio con las que se ha saludado en el supermercado o han estado juntas en el parque con los hijos o los nietos, personas con las que han convivido, que sus negocios no han ido bien, están acudiendo a Cáritas.

«Ahora somos nueve personas voluntarias en el grupo y casi todas somos padres y madres de familias numerosas y sabemos lo que es la vida. Todos hemos pasado por tiempos buenos, regulares y, a veces, bastante malos. Quiero decir que ya conocemos el alma humana. Ninguno tenemos ego y sentimos mucha empatía entre nosotros y con las personas que atendemos. Por eso funcionamos tan bien. Yo voy todos los jueves, como un clavo, y colaboro en lo que sea. El día que no pueda subir la escalera, seguiré con ellas de corazón pero a mí me gustaría estar en Cáritas hasta el final», explica Marisol.

«Somos unas abuelas y abuelos que no nos quejamos de nada, sonrientes, que procuramos ayudar al máximo. No queremos ser católicos aburridos y dogmáticos. La Iglesia la hemos hecho muy aburrida y eso tiene que cambiar. Aquí somos flexibles y comprensivos. Nos hemos acreditado en dar muy buen servicio y llevamos a rajatabla todas las indicaciones que nos dan en Cáritas Diocesana», afirma.

Y añade Marisol: «Nosotros hemos sido unos aficionados con buen corazón pero ahora el voluntariado tiene que saber mucho de informática y han entrado personas jubiladas pero más jóvenes y tienen muchos conocimientos en la tecnología. Tenemos un espíritu de estar juntos, de trabajo, de colaborar, muy grande. Nuestra parroquia y nuestro barrio son modestos pero la gente es muy responsable y siempre nos ha respondido muy bien. Y eso es Cáritas de Santa Ana».

Finaliza Marisol destacando que la vida le sonríe y es que toda ella es sonrisa, sonrisa habitada por Dios.