Análisis y reflexión • 07/10/2026

¡Ante la exclusión, trabajo decente y vivienda digna!

En esta jornada reclamamos que la precariedad y la incertidumbre laboral dejen de ser un obstáculo para el acceso a la vivienda.

El miércoles 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, celebramos también la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Y la víspera martes 6, como dato curioso, hemos sabido que se conmemora el Día del Cine Español, honrando el día que Bardem y Berlanga acabaron de rodar la mítica “Esa pareja feliz” en 1951.

Dejando a un lado las peculiaridades de la época, los influjos neorrealistas de Bardem y de la sátira costumbrista berlanguiana, la película nos muestra claramente cómo tener empleo no garantiza acceder a una vivienda digna. Alquileres desorbitados y precios inasumibles, y una sociedad consumista que aspira a una falsa ilusión de bienestar pero oculta las verdaderas dificultades de la mayoría de las personas que la forman, obligan a Fernán Gómez y Elvira Quintillá a compartir vivienda, endeudarse, aferrarse al azar o al destino: renunciar a sus sueños y un hogar familiar independiente… ¿No nos suena de algo?

La triste realidad es que no se trata de un sainete, sino de las historias de vida que vamos acompañando todos los días desde las acogidas y programas de Cáritas. En Cáritas y como Iglesia diocesana y universal implicada en el mundo del trabajo, venimos constatando con preocupación que «El mercado laboral ha perdido su capacidad tradicional de proteger e incluir, convertido en un espacio de polarización donde empleos de alta cualificación coexisten con trabajos precarios. La parcialidad involuntaria, la inestabilidad contractual y los bajos salarios impiden construir proyectos de vida sostenibles, hasta el punto de que una proporción significativa de trabajadores ocupados vive en situación de exclusión social, demostrando que el empleo ha dejado de ser garantía de integración» (IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en España).

Por esto, cada vez más, aun haciendo memoria agradecida del recorrido hecho y de los avances logrados, resulta triste constatar que, en pleno 2026, tras décadas de luchas obreras y sociales, aún tengamos que unir nuestras voces y con más fuerza, para reclamar aspectos fundamentales: un salario que permita cubrir dignamente las necesidades básicas, espacios de trabajo saludables, condiciones laborales que no dificulten la conciliación familiar, así como la igualdad de trato, sin distinciones por razón de género, origen o situación administrativa.

Este año, como no podía ser de otra manera, queremos poner el foco en las dificultades del acceso a la vivienda de las personas trabajadoras. Los expertos indican que lo ideal es destinar como máximo un 30% de los ingresos netos mensuales a los gastos de vivienda, ya sea para pagar el alquiler o la hipoteca. Pero la realidad es que el precio medio del alquiler alcanza los 1.176 euros mensuales, una cifra que equivale al 96,3% del salario mínimo (55,7% del salario medio). Igualmente el precio mediano de una habitación alcanza ya los 400 euros mensuales, un 32,8 % del salario mínimo destinado a pagar sólo la habitación.

Y esta situación, como sabemos, no es fruto de decisiones personales de las personas afectadas, ni de la casualidad, sino de la causalidad. La creciente especulación inmobiliaria —impulsada por fondos buitre, viviendas turísticas, pisos no declarados y abusos de propietarios— dificulta cada vez más que la clase trabajadora acceda a una vivienda. Y cuando hablamos de clase trabajadora, ya no nos estamos refiriendo a la imagen del obrero que podemos tener en nuestro imaginario colectivo. La clase obrera ya salió de las minas, el taller, los andamios o las factorías; son personas asalariadas, pero también falsos autónomos, freelance, becarias, temporales y temporeros… La clase obrera hoy cuida, limpia, transporta, atiende, reparte, arregla… Produce bienestar y no solo mercancías. Las mujeres que cuidan, las personas inmigrantes, tú y yo, somos la nueva clase obrera.

En esta jornada reclamamos que la precariedad y la incertidumbre laboral dejen de ser un obstáculo para el acceso a la vivienda, y a la posibilidad de construir un proyecto de vida personal y familiar sólido y estable: salarios acordes al coste real de la vida, que la conciliación familiar pase a ser un derecho y no un privilegio, entornos laborales seguros y saludables tanto física como emocionalmente, que la digitalización no conlleve una deshumanización de las relaciones en el trabajo… Que podamos alcanzar un ecosistema laboral fraterno e inclusivo.

Igualmente exigimos políticas públicas que garanticen el derecho a una vivienda digna y asequible; la ampliación del parque público de vivienda; impulsar medidas que contengan y abaraten los precios del alquiler; y frenar la especulación que expulsa a personas vulnerables y a familias enteras de sus barrios.

No menos importante es que, cada una de nosotras u nosotros, tanto a nivel personal como comunitario, tomemos conciencia de esta realidad y realicemos un discernimiento también de nuestra responsabilidad ante ella en las actitudes cotidianas: como compañeras de trabajo, consumidoras de bienes de ocio y consumo, ciudadanas y vecinas…

Para finalizar, sobre todo, invitamos a tener presente en nuestros razonamientos y oraciones, a todas las personas que no pueden acceder a un hogar digno por no tener un salario decente, a aquellas que no pueden acceder a un trabajo por no tener un hogar digno, y para que se transformen nuestros corazones de modo que este derecho humano esencial sea una reivindicación y un compromiso de toda la sociedad.

¡Ante la exclusión, trabajo decente y vivienda digna!