Fundaciones19/02/2026

Cuando las palabras se apagan, el cuidado se vuelve presencia

En la vejez avanzada, y especialmente en situaciones de deterioro cognitivo, las palabras pueden ir desapareciendo. A veces desaparecen lentamente y otras, de forma abrupta. El lenguaje verbal, ese que durante toda una vida ha servido para nombrar deseos, miedos, recuerdos y afectos, deja de ser el principal canal de comunicación. Sin embargo, la persona sigue estando ahí. Sigue sintiendo. Sigue necesitando ser mirada, reconocida y cuidada. Cuidar, entonces, es sostener la dignidad incluso cuando la comunicación verbal ya no es posible.

La estimulación no debemos entenderla como una actividad mecánica o un ejercicio impuesto, sino como una oportunidad para conectar con la historia, los gustos y las capacidades que aún permanecen. Una canción significativa, un aroma conocido, un objeto con valor emocional despiertan recuerdos, emociones o simplemente bienestar, respetando siempre el ritmo y el deseo de cada persona. Una canción que formó parte de su juventud, el olor del café recién hecho, el tacto de una tela conocida o una fotografía significativa pueden despertar bienestar, calma o una sonrisa inesperada. No importa tanto el resultado visible como la experiencia vivida en ese momento.

Estimular también es respetar cuando la persona no quiere participar. Porque cuidar no es imponer, sino ofrecer desde el respeto profundo a la individualidad.

Cuando faltan las palabras, el cuerpo se convierte en el principal medio de expresión. Gestos, tensiones, miradas, cambios en la respiración o en el estado de ánimo hablan de necesidades, miedos o deseos. Esto nos permite explicar cómo los profesionales y cuidadores/as aprenden a leer ese lenguaje corporal, a interpretarlo con sensibilidad y a responder desde el respeto, evitando conductas estandarizadas y promoviendo un trato verdaderamente personalizado.

El vínculo no es un añadido al cuidado: es el cuidado en sí mismo. Un buen vínculo entre la persona cuidadora y la persona que no puede verbalizar lo que necesita o desea genera seguridad emocional, reduce la agitación y favorece el bienestar. Incluso en fases avanzadas de deterioro, el vínculo permanece y se expresa de otras formas. Cuidar es, muchas veces, ser alguien familiar en un mundo que se vuelve confuso.

En las últimas etapas de la vida, el cuidado adquiere un sentido especialmente profundo. Ya no se busca la mejora, sino el bienestar. Ya no se estimula para avanzar, sino para acompañar. Ya no se habla tanto, pero se siente más.

Cuidar cuando las palabras faltan es un acto profundamente humano y ético. Es reconocer que la dignidad no depende de la capacidad de expresarse, sino del valor intrínseco de cada persona. Es una forma silenciosa, pero poderosa, de amar y de cuidar.