Fundaciones08/07/2026

Humanos y pantallas

Cada vez más personas mantienen una mano constantemente ocupada en sujetar el teléfono móvil.

Las pantallas y sus aplicaciones llevan pocas décadas entre nosotros, pero para algunas personas se han convertido en una extensión de su propio cuerpo. Cada vez hay más personas que mantienen una mano constantemente ocupada en sujetar el teléfono móvil. Para la mayoría es raro que nos atrevamos a salir a la calle sin nuestro teléfono y hay quienes nos dicen que llevan su vida en él.

Las pantallas y sus aplicaciones nos han liberado de acciones que nos eran pesadas y han agilizado otras, pero tal vez hemos corrido demasiado con esta tecnología y ha sido más veloz que nuestra capacidad para integrarla y controlarla en el ámbito personal… hasta llegar al extremo de que no podemos negar el daño que un uso inadecuado o abusivo de las pantallas nos hace.

No hace falta que hablemos de adicción, hablar de adicciones a las pantallas puede trivializar el sufrimiento de las adicciones a sustancias. Por ello, salvemos este matiz y hablemos de salud, hablemos de calidad de vida, de relaciones humanas, de cómo estamos.

Cualquier relación la sometemos a un examen, cuánto le doy y cuánto me da. Lo hacemos con el trabajo, con la pareja, con las amistades. No se trata de utilitarismo ni de rentabilidad económica, muchas de las cosas que más valoramos se encuentran en el área de los sentimientos y de los valores, como el voluntariado. Esta valoración, se ha de hacer tanto a corto como a medio y largo plazo, para ser adecuada y no engañarnos.

Es normal que las pantallas y sus aplicaciones pasen el examen de corto plazo con nota, son rápidas y exigen poco esfuerzo, en ello radica parte de su éxito, un éxito que es capaz de retenernos hasta engancharnos. ¿Pero qué ocurre cuando las examinamos a medio y largo plazo? Pues que nos dejamos engañar con la comodidad y no realizamos una verdadera valoración.

Las pantallas se presentaron como él no va más de la comunicación, “se acabó la soledad”, pero una comunicación distante, llena de memes y de estereotipos, no es comunicación, es ruido. Cuando hay exceso, hay poca calidad. La superficialidad y las falacias nos saturan, nos llenan, pero no nos dejan satisfechos, por lo que buscamos más donde no lo vamos a poder hallar y terminamos en un bucle de consumo de pantallas y con ellas, de nuestro tiempo y de la destrucción de nuestro bienestar.

Salimos menos, estamos más tiempo sentados (mal sentados), nos movemos menos y terminamos ganando peso.

Otra paradoja de las pantallas es que decimos que protegemos nuestra intimidad, pero regalamos nuestra vida en fotos, comentarios y mil datos como las compras y las opiniones, sin conciencia de ello y sin conocimiento de las repercusiones.

Nuestras vacaciones, nuestros hijos, nuestros anhelos terminan en la palestra pública a través de nuestra propia mano. Esa permeabilidad, que nosotros mismos ofrecemos y mucho más los jóvenes, facilitan las extorsiones, el acoso, los acercamientos sexuales indeseados, el falseado de identidades, los fraudes. Una vez abierta la caja de Pandora no es fácil cerrarla. Se están beneficiando los delincuentes y quienes se dedican a sembrar el odio y los radicalismos. Pero regalamos a nuestros niños y niñas pantallas sin acompañarlos, sin formarlos, sin ayudarles a tener criterio y a protegerse.

No solo se trata de protegerse, sino de que la máquina no nos invada, no nos seduzca, nos engañe con su comodidad y rapidez. Preocupémonos cuando vamos abandonando actividades que nos han hecho felices, actividades que nos humanizan y nos ayudan a crecer, a través de una socialización real y de contacto. Los y las adolescentes abandonan actividades deportivas, reducen el tiempo de juego presencial, de socialización dejando de vincularse a grupos que quedan en un local, que quedan para hacer cosas y se ven sin cristales, hasta se pueden abrazar.

En las pantallas, la autoestima se fragua comparándose con imágenes y estilos de vida falsos. Es una relación en la que siempre van a perder y se deciden barbaridades, con las dietas, con la ropa, con la apariencia. La otra opción es abandonar, lo que si no se viviera como un fracaso sería la opción más sana.

Las pantallas en las habitaciones reducen el tiempo de sueño, que supone cansancio y amodorramiento durante el día, peor gestión emocional, peor socialización, menos aprendizaje académico, más siniestralidad laboral, más accidentes de tráfico. Las pantallas se relacionan con malas posturas que han creado patologías, desde la inflamación de las articulaciones de los pulgares, hasta el «cuello de texto«, resultado de la sobrecarga de las cervicales por la inclinación de la cabeza para ver la pantalla.

Hemos de preguntarnos si el instrumento no está instrumentalizándonos a nosotros.

Se han convertido en una herramienta de la que pensamos que no podemos prescindir, pero podemos hacer un uso sensato que será moderado y eso comienza en casa, dando ejemplo y educando.