La niñita
El #CuentoDeLosViernes nos habla hoy de una familia, un descampado y un derecho, a tener un hogar donde dar los primeros pasos.
Nunca el descampado había sido tan grande. Rodeado por terreno reseco, por lo que quedaba de una modesta urbanización de segundas viviendas y por, un poco más allá, un barranco con escasez de agua, esa mañana de finales de primavera fue poblado por un viejo coche que hace mucho tiempo habría sido gris o azul plomizo, una tienda de campaña de las que parecen un iglú y una niñita.
Ni el descampado había sido nunca tan grande ni la imagen de una niñita, en su pequeñez, podía trasmitir tanta ternura.
La niñita tendría poco más de dos años, el chupete en la boca, una camiseta, pañal y descalza. Todo el descampado para ella. Un inmenso lugar para jugar, para corretear. Recogía piedrecillas, amontonaba unas, otras las tiraba lejos. En las manos no le cabían todas las que quería recoger y el iglú en silencio. Era divertido coger puñados de tierra polvorienta y tirarla al aire porque formaba nubes que enseguida caían al suelo. No importaba que el pelo, la cara y los pies se empolvaran de blanco terroso.
El iglú empezó a cobrar vida y de él salieron una chica de melena larga y un chico desnudo de cintura para arriba. Como debía haber confianza, la niñita siguió a lo suyo y ellos sacaron del capó del coche unas bolsas que, quizás, contenían el desayuno de los tres.
La niñita, por su corta edad, no conocía nada de la vida ni de las personas. No tenía ninguna experiencia en nada. Todo su mundo, su amor, su alegría, sus emociones pertenecían a los eventuales pobladores del descampado. No sabía que los márgenes de la vida la habían encontrado en toda su inocencia.
Unas mañanas más tarde el descampado volvió a tener el tamaño de siempre. En el centro las huellas de ruedas de un coche, tierra removida y algunos restos de comida. Nada más.



