Nochebuena
Este viernes, no tenemos #ElCuentoDeLosViernes, porque lo de hoy, 25 de diciembre, tampoco es un cuento.
Noche de Dios. El cielo, Dios, lo envuelve todo con una cálida intensidad de estrellas titilando. Si alzas la mirada, si las buscas, percibes su fulgor desde cualquier lugar de la ciudad, con el mismo brillo, con la misma luz, estés donde estés. Él es así.
Los edificios, envueltos en la oscuridad, apenas muestran su extraña silueta, obra del afán de los hombres. Altos, muy altos, contradictorios. Sus cimientos en perpetuo desequilibrio, apenas se asientan en el suelo que les debiera dar estabilidad. Los tejados, herméticos, rotundos, cerrados a lo trascendente que viene del cielo, de Dios.
Una torre, campanario de llamada, de puertas abiertas a la acogida, tendiendo al cielo, esbelta, iluminada por las estrellas. Las calles vacías, solo unos pocos árboles y la claridad en las ventanas son signos de vida en la noche de Dios.
Y Dios se apiadó del mundo, se hizo amor humano y habitó por siempre entre nosotros.
A las afueras de la ciudad que no les ha querido dar cobijo, son la luz, el color y la calidez en la noche.
El Niño, arrebujado en una manta tejida por la Madre, no siente el frío de la noche. María lo mece delicadamente entre sus brazos. Lo mira extasiada. Es Dios y es su hijo y siente que el amor la colma de agradecimiento por el don recibido.
José, el hombre sabio, rodea con un brazo los hombros de Ella. Estará siempre a su lado, apoyándola, queriéndola ¿Cómo no iba a confiar en Ella si todo en Ella le habla de Dios? La besa con ternura en la cabeza porque siendo tan joven es ¡tan valiente! Su fe le conmueve y le da fuerza para ser el padre que el Niño va a necesitar. Con el otro brazo, junto con los de María, sostiene al Niño amorosamente. Las manos de ambos, entrelazadas, forman para el Niño una cuna suave, segura.
Juntos, los tres juntos, serán la voluntad de Dios en la noche del mundo.



